Escribir sobre
los clásicos es una tarea menos sencilla de lo que parece. En primer
término, porque es necesario definir antes a qué se llama
clásico (creo que todos los autores reclutados en la serie que
aquí se inicia, a su manera lo son). En segundo lugar, porque tampoco
es fácil no caer en el lugar común de las enciclopedias
y decir que Fulanito es el más grande y que Menganito es el mejor
(en eso son paradigmáticos los manuales de Loprete o Fermín
Estrella Gutiérrez, y cualquiera los puede consultar). El problema
es cómo decir lo que suele ocultarse, o decir lo de siempre, pero
de otro modo. No aspiro a definir qué es un clásico, porque
espero que eso se desprenda de los ejemplos que ilustran las notas. Naturalmente,
recurriré a la obvia y arbitraria selección de un puñado,
aunque tratando, en lo posible, de evadir la repetida ortodoxia que suele
caracterizar estos trabajos. De no mediar una observación en contrario,
todas las traducciones serán mías, por lo cual deberé
pedir disculpas de antemano, aun cuando, en todos los casos, los originales
estarán a la vista, para atenuar en parte los inconvenientes derivados
de las inevitables erratas.